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Cannabis Sativa: ¿Cuál es el camino que quiere seguir Chile?

Cannabis Sativa: ¿Cuál es el camino que quiere seguir Chile?

¿Si se desarrollan productos farmacéuticos sobre la base de marihuana quiénes lo deben fabricar, cómo se garantiza su efectividad, y cómo se regularía? Estas son algunas de las preguntas que se abren a partir de la discusión del proyecto que modifica el autocultivo de marihuana con fines medicinales, en el Congreso.

¿Qué se entiende por cannabis medicinal? En esencia no es sólo una pregunta introductoria, sino que se trata de un aspecto relevante y que tiene que ver con el uso de los llamados cannabinoides para una labor terapéutica y de alivio para una dolencia o enfermedad, pero también, de cómo se pueden generar productos estandarizados y que sean seguros para la población.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) señala que hay varios estudios que han demostrado efectos terapéuticos de los cannabinoides para tratar las náuseas y los vómitos en las etapas avanzadas de enfermedades como el cáncer y el SIDA. Sin embargo, sobre otros usos terapéuticos, aún la evidencia no es suficiente. “Se necesita más investigación sobre la neurofarmacología básica del THC y otros cannabinoides para poder encontrar mejores agentes terapéuticos”, ha señalado el organismo internacional sobre este tema.

Desde el año 2016, en Chile se permitió la venta y distribución de un medicamento que corresponde a una solución para pulverización bucal y que tiene como base una mezcla estandariza de tetrahidrocannabinol (THC) y cannabidiol (CBD).

Actualmente en el Parlamento se discute un proyecto de ley que modificaría el Código Sanitario para permitir -bajo una receta médica- el acceso de los pacientes a sus propios cultivos de marihuana, situación que genera polémica.

Producto estandarizado y responsabilidad

Jaime Sasso químico-farmacéutico, doctor en ciencias biomédicas y académico de la carrera de Química y Farmacia  de la U. San Sebastián, dice que “el mercado de los medicamentos obedece a mucha responsabilidad y lo primero que hay que entender es que se debe tener un producto sumamente estandarizado, porque en la planta existen 450 compuestos químicos”.

Asimismo explica que además del THC (Tetrahidrocannabinol) que está en altas concentraciones en el cogollo o flor de la planta, también existen más de 400 compuestos  y 80 derivados cannabinoides que son de interés farmacológico.

Por eso recalca que para fines medicinales, el enfoque no está en el THC como en el caso de la epilepsia refractaria, sino que en otros compuestos de la planta que no tienen propiedades psico-activas, sino que antiepilépticas.

El docente añade que los “efectos más estudiados de la cannabis medicinal son analgésicos, antiepilépticos y para las náuseas en pacientes con problemas de apetito, entre otros. Sin embargo, hay que entender que cada producto es único en su composición química”.

El académico agrega que si hablamos de cannabis medicinal  eso significa que “es un producto farmacológico de origen natural y con propiedades terapéuticas que queremos probar, demostrar y ver su perfil de seguridad.  Y ese debiera ser el punto de partida para abordar su uso en pacientes”.

En ese sentido indica que también “hay fármacos análogos sintéticos de los componentes activos, pero que no provienen de la planta de marihuana, sino que se sintetizan en un laboratorio y lo que se hace es replicar su estructura química para obtener un producto farmacéutico estandarizado. Y ahí cabe la pregunta si es más peligrosa la cannabis medicinal que se produce de manera artesanal o la droga que sintetiza una industria o laboratorio de esta forma”.

Sasso precisa que “si pensamos en lo que pudiera estar haciendo una comunidad de pacientes en forma artesanal, cada persona va a producir un extracto con una composición distinta creyendo que es bueno para todos, pero eso es un error, al igual de que la creencia de que si funcionó para la epilepsia, puede servir para otra patología”.

Además afirma que existe gente que puede estar mezclando cepas con más o menos concentración de THC y eso sí que es un problema de salud pública. Por eso, señala que lo que se requiere es asesoría y entidades responsables para estos productos farmacológicos.

“Está el perfil de eficacia versus el de seguridad y a veces nos olvidamos de este último, pero también sabemos que la dosis hace o no el veneno y eso aplica a cualquier fármaco”, enfatiza el docente.

Pone como ejemplo lo que está pasando en Estados Unidos, donde hay un abuso de medicamentos derivados del opio que son fabricados por la industria farmacéutica y que en su momento tuvieron sus ensayos clínicos, autorizaciones y prescripción con receta médica.

“Son excelentes analgésicos, pero generan dependencia. Por eso, desde el punto de vista terapéutico y clínico en Estados Unidos se optó por la marihuana para la recuperación del paciente que tiene problemas asociados a estos opiáceos”, indica Sasso.

¿Quién se hace cargo?

A su juicio, la salida para despejar el debate es que organizaciones sin fines de lucro junto a empresas farmacéuticas, universidades y municipios, participen en la elaboración de productos farmacéuticos derivados de cannabis con fines medicinales. Es decir, debe haber una supervisión y asesoramiento a través de una estructura colectiva, siendo Fundación Daya la organización latinoamericana que más se ha aproximado a esta definición.

También plantea que no sólo se debe garantizar una buena práctica de manufactura, sino también que el Instituto de Salud Pública (ISP) cuente con un comité de expertos en cannabis medicinal.

Además –puntualiza- que no hay que olvidar que cualquiera de estos productos tiene que ir acompañado de una prescripción médica y las discrepancias pasan más que nada por las condiciones del autocultivo y no por el fin medicinal.

En eso, le cabe un rol relevante a los profesionales de la salud para que se hagan cargo de supervisar la elaboración, control, gestión de calidad, almacenamiento y distribución de estos productos sobre la base de cannabis en una alianza público y privada.

Finalmente indica que si está instalada la preocupación por las adicciones es clave la educación a los jóvenes y hacer una “fármaco vigilancia activa a partir del desarrollo de estos productos y llevar un registro para ver qué pasa con quienes lo están consumiendo a los 3, 6, 9 meses y un año”.

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