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La confesión de Picasso, un traidor de la pintura

La confesión de Picasso, un traidor de la pintura

Por un lado, se pregona la bazofia de que Picasso comenzaba sus obras con muchos bocetos y cambios antes de dar con la composición y forma del cuadro, que cuando comenzó a trabajar la abstracción su idea era simplificar hacia la esencia de las formas. Sin embargo, también se describe a un Picasso al servicio de una elite, financiado para crear otro “ismo”.

Hace un año, el artista plástico wagneriano catalán, Josep Antoni Martí Teixidor, en entrevista para TLV1, compartía su punto de vista respecto de la actividad artística, y de cómo los intereses de la élite fueron condicionándola hasta volverla en algo completamente contranatura y totalmente divorciada de la humanidad.

En esta imperdible conversación para quienes consideran que el arte debe reflejar lo humano y embellecer la vida por sobre el pesimismo y la perversión, Martí, denuncia que “Picasso es un traidor, Picasso sabía pintar, no tenía personalidad, pero sabía pintar, pero no era nadie, era uno más, hasta que Gertrude Stein, una señora judía muy rica, a Juan Gris y a Picasso les dijo, aquí tenéis todo el dinero que queráis, pero inventad otro ismo”. Es posible ver esta interesante entrevista al pie de esta nota.

Weeping Woman 1937 

A continuación, el texto íntegro de las declaraciones hechas por Pablo Picasso a la revista de L´ Association Populaite des Amis de Musées, “Le Musée vivant” nº 17-18 del año 1963, tomado del portal Infocatolica.com

Una amarga confesión.

“Cuando yo era joven, igual que todos los jóvenes, tuve la religión del arte, del gran arte; pero con el correr de los años me he dado cuenta de que el arte, tal y como se lo concebía hasta finales de 1800, está ya acabado, moribundo, condenado, y que la pretendida actividad artística, con todo su florecimiento, no es más que la manifestación multiforme de su agonía. Los hombres se apartan, se desinteresan cada vez más de la pintura, de la escultura, de la poesía; aparte de las apariencias contrarias, los hombres de hoy tienen puesto su corazón en otra cosa muy distinta: las máquinas, los descubrimientos científicos, la riqueza, el dominio de las fuerzas naturales, y de todos los territorios del mundo. Nosotros ya no sentimos el arte como una necesidad vital, una necesidad espiritual, como era el caso de los siglos pasados.

Muchos de entre nosotros siguen siendo artistas y ocupándose del arte por unas razones que tienen muy poco que ver con el verdadero arte, sino por espíritu de imitación, por nostalgia de la tradición, por inercia, por el gusto de la ostentación, del lujo, de la curiosidad intelectual, por moda o por cálculo. Viven todavía por costumbre y por esnobismo, en un reciente pasado, pero la gran mayoría de ellos, en todos los medios, no tienen ya una pasión sincera por el arte, al cual consideran, todo lo más, como una diversión, un ocio y ornamento.

Las nuevas generaciones, amantes de la mecánica y del deporte, más sinceras, más cínicas y brutales, irán dejando el arte, poco a poco, relegado a los museos y las bibliotecas, como una incomprensible e inútil reliquia del pasado. En el momento en que el arte ya no es alimento de los mejores, el artista puede exteriorizar su talento en toda clase de tentativas de nuevas fórmulas, en todos los caprichos y fantasías, en todos los expedientes de la charlatanería intelectual. El pueblo ya no busca ni consuelo ni exaltación en las artes. Y los refinados, los ricos, los ociosos, los destiladores de quintaesencias, buscan lo nuevo, lo extraordinario, lo original, lo extravagante, lo escandaloso. Por mi parte, desde el “cubismo” y más lejos aún, he contentado a esos señores y a esos críticos con las múltiples extravagancias que me han venido a la cabeza, y cuanto menos las han comprendido, más las han admirado. A fuerza de divertirme con todos esos juegos, con todas esas paparruchas, esos rompecabezas, acertijos y arabescos, me hice célebre rápidamente. Y la celebridad significa para un pintor: ventas, ganancias, fortuna, riqueza.

En la actualidad, como sabéis, soy célebre y muy rico. Pero cuando estoy a solas conmigo mismo, no tengo el valor de considerarme artista en el sentido grande y antiguo de la palabra.

Ha habido grandes pintores como Giotto, Tiziano, Rembrandt y Goya. Yo no soy más que un bufón público que ha comprendido su tiempo. La mía es una amarga confesión, más dolorosa de lo que pueda parecer, pero que tiene el mérito de ser sincera”.

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