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Amor (sin muerte)

  • Escrito por Guillermo Sepúlveda

El otro día me encontraba caminando por mi universidad y me sorprendió un afiche bastante llamativo, obviamente con ese dejo de arte postmoderno que caracteriza a todo "afiche ultramoderno" y sus parafernalias. El asunto es que este gritaba: "Seminario sobre Interrupción del Embarazo" y hacía la cordial invitación (jamás violenta, por favor) a jóvenes universitarios y al "público en general". Si bien es cierto el "derecho a hacer lo que te convenga" es algo que merecemos todos, caben algunas preguntas que resultan evidentes:

1) ¿Puede un bebé (ser humano en su totalidad) decidir sobre su destino, considerando así que la madre es su “propietaria”? Sin embargo, más allá de eso, me surgió una con mayor profundidad:

2) ¿Qué parejas son las que abortan o asesinan a sus hijos? Si uno analiza con detalle las parejas que deciden tomar esa “licencia para matar", poseen las siguientes características sociológicas:

a) No poseen las condiciones materiales para sostener una familia.

b) No poseen una relación intra-conyugal muy buena, generalmente, altamente conflictiva.

c) A consecuencia de todo lo anterior, no poseen un proyecto familiar.

Esto es algo que no se dice, se cree muchas veces que, "por defender la santa libertad" se debiera "mentalmente defender el aborto", pero cuando uno ve estas cosas, se da cuenta que hemos banalizado el tema, en definitiva, lo hemos "reducido a pura libertad".

Si queremos proponer un cambio cultural real, es necesario abarcar las esferas sociales del problema. Por una parte, las precarias condiciones materiales de algunas parejas, y por sobretodo: la promulgación del individualismo como consigna elemental del capitalismo.

A veces creemos que por la libertad hay que luchar incondicionalmente, cuando a veces no es el derecho al libre asesinato la solución, sino muchas veces una “simple justificación para no pensar más allá”. Si lo pensamos bien a veces: olvidamos amar por carretear. A veces, preferimos la competencia. A veces, preferimos pelear y seguir la "telenovela".

Re-pensemos las cosas, volvamos a ese "te quiero” cotidiano, a ese beso de despedida y a ese abrazo que hace tanto tiempo necesitamos dar. No nos transformemos en “monstruos egoístas”, hagamos de este país un mundo tranquilo. Y si es necesario, gritémoslo hasta que el cuerpo aguante. ¡Viva el amor verdadero y un Estado que defienda económicamente a los que vendrán!

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